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Cómo escribir cuando sobran las palabras, cuando la paz impregnada al paladar todavía se saborea, aún en la vuelta.
Es el acto dentro de la obra, que todavía no tiene desenlace, que se perpetúa en la vivencia, en el continuo caminar, con el telón de fondo azul imposible y el público sólo M. y yo, leyendo en el horizonte la poesía sin rótulo que el viento a la vez nos recita al oído (aunque M. ya lo hace solito, siempre le gusta que le lean, costumbre que he sostenido desde que nació, qué bien yo).
Fuimos recibidos por las anfitrionas menos protocolares y sin embargo
esmeradísimas en la belleza del ser. Me
resul
ta imposible que se pueda ser tan majestuoso sin esfuerzo alguno.
El espectáculo me alcanza, me retiene, sujeta mi disposición entregada a la
sorpresa y recibo su regalo, me fusiono en su danza desde la orilla, descalza pero con medias de piedras filosofales y por ello, invitada a
hallar el modo oculto de acaudalar el alma.
Observo a M. y automáticamente lo convierto en un duende, en mi duende del sur, mágico, posible y concreto a la vez, una criatura que, amén de no haber sido duende hasta este instante, tiene desde siempre un encanto misterioso e inefable, y aparece honrando la pertenencia a su nueva especie, en el lugar donde no lo esperaba.
Percibo asimismo, cómo la energía transmuta y enseguida el perfume de lo nuevo se enamora de mi piel. De lo nuevo y bueno, siento cómo el viento de agua nos limpia sin intentar siquiera mojarnos, trayendo a mi imaginación algo que me inquieta sin alterarme.
El paisaje es un mandala que me embelesa y que,
evidentemente, los Dioses pintaron y me ofrecen en la palma de su mano, con colores de escalas cromáticas aún no descubiertas, salvo por M. y por mí, elegidos no por capricho sino porque el ciclo debía recomenzar y
recompensarnos; y por la prudencia de mi permiso previo
predisponiéndome a recibir.

Mi duende del sur me toma de la mano y me pregunta si sabía que me ama. Lo sabía, pero estaba distraída, posando fuera de plano. Ahora la alegría se cuela en el corazón, me suspende cautivando mis sentidos, me sacude las fuerzas y me vuelve poderosa... ahora me inserto en el plano, de a poco, todavía fuera de foco, pero
perseverante en el intento de empezar a ver con
nitidez. Este es su año siete,
causalmente, como los ciclos según mi amiga de nombre con dulzura de miel.
Ya no estoy lesa como al llegar, ya no soy más yo, o simplemente tal vez alguno de mis otros; aquellos que esquivaban el dolor y la ofuscación, los que preponderaban la sonrisa por sobre el enojo. Son ellos quienes ahora toman las riendas y
reemprenden la marcha sin mirar atrás, tirando la muñeca
vudú como ofrenda a
Yemanyá que sentada en la alfombra de sal, acepta mi cortesía, me vigila y me autoriza
nomás, a despojarme, ver y verme, a caminar de la mano con mi duende del sur, disfrutando el paisaje.
No es una tregua en la turbación...
es un cambio de perspectiva en el enfoque
y certeza en la orientación.
...
(It's something unpredictable, but in the end is right.
I hope you had the time of your life.
I`m listening meanwhile ... eloquent)