21 junio 2009

La muerte nos sienta bien (de culo)

La muerte no me gusta. No me importa si venimos al mundo a morirnos, antes seguro venimos a hacer muchas otras cosas, con ella pisándonos los talones.
Qué frío en la piel me envuelve cuando oigo a la muerte tocar el timbre en la casa vecina, eso sobre todo desde que soy consciente de ella. La muerte es en su naturaleza de privar al ser humano de su existencia, de la existencia, del ser. El evento de la muerte es la culminación de la vida de un organismo vivo.

(Recuerdo el día que escuché en la radio que la muerte fue a buscar a George Harrison el 29 de noviembre de 2001 y un extraña distorsión al respirar me abordó en ese paroxismo. No conocía personalmente a Harrison, sólo había estado vinculada a él a través de su música y las miles de cosas que leí sobre The Beatles; pero ser consciente de que no existía más... me dolió, feíto.)

Un sentimiento rayano a la tristeza me invadió cuando me enteré que Peña había muerto. Lo escuchaba todas las mañanas en la radio la primer hora del programa, pero fue justamente a raíz de su muerte que me dí cuenta que lo que disfrutaba de él eran sus personajes.

Fernando (así a secas, si se me permite la llaneza) no me inspiraba... "cariño", pero todos sus personajes me volaban la cabeza desde la sincretización que él, el mismo Fernando al que no estimaba, lograba con cada uno de ellos desde una pulida perspectiva, dándoles alma y vida en estricta individualidad.
No eran caricaturas, ERAN criaturas sin dudas. Me cautivaba increíblemente el hecho de que estos "individuos" crearan (y recrearan) la mística popular argentina, eran cada uno 100% argentos. Una clarita foto del mar de fueguitos argentinos.

Entendí que admiraba y me había encariñado con su creación, su genialidad. Era un actor radial genial (valga la redundancia). Me gustaba su voz, pero no tanto su ser, o al menos lo que mostraba de él, un tipo con una felicidad bastante sufrida (quién no), con sus intermitencias, contradicciones y ambivalencias (como yo bah). Adoraba su obsesión por la sintaxis.

Tengo la costumbre de escuchar radio al alba desde que tengo memoria. Escuchaba tangos en Rapidísimo mientras tomaba la leche; para mí es una rutina más, después de lavarme los dientes, pero que disfruto y extraño cuando no la tengo. Sin embargo, desde que Peña empezó con su programa a la mañana, tomé la costumbre de reírme mientras intento dejar de cagar a trompadas a mi suerte y mi destino madrugador. El actor radial que, siendo una persona desconocida para mí, ha llegado a provocarme carcajadas a las 7 de la mañana sin la necesidad de contarme un chiste ni ser Capusotto haciendo a Pomelo o Carolina Fan (de sólo nombrarlos ya estoy riéndome, disculpas, comentario fuera de contexto y mientras paro de reírme).

Siempre digo que alguien que te hace reír, inmediatamente se convierte en una necesidad vital, y automáticamente el cariño es ineludible.

Sigo levantándome tempranísimo a la mañana, y sigo buscando quien me haga reír sin quererlo mientras vivo esperando no morirme antes de tiempo. Despabilarte por la risa es una hermosa forma de empezar un nuevo día (un día menos de vida, sin duda, pero contenta).

Adiós a Milagros, Delia Dora de Fernández, Palito, Martín RL, Dick Alfredo, Mario Modesto Sabino, Mega, Jonathan, Rubio, Roberto Flores, Por el Orti... ADios le pido que les ponga un micrófono, donde quiera que estén y como sea que fuere, y así, en el más allá de acá, sabrán lo que es que la risa los despabile.

No sólo me hicieron reír, ahora en el fin me hacen pensar; hasta lo que no es "un organismo vivo" la puta muerte obliga acallar.
Puta y verdadera todopoderosa. Acá está. Tomen (yo no, por ahora paso).


P.S. I love you... Milagros (yo fui de las que, recién venida de Cuba, te escuché hablando con Vernaci y pensé, durante varios días, que eras una de las viejitas dulces que me parloteaban por La Habana, ai mast confes).

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