Había muchas veces una mujer olvidándose de reír en vez de morder, de cantar en lugar de gritar, de ser prudente o actuar, según sea, antes que someterse a la parálisis que le provoca la duda.
Existen tantas mujeres en esta mujer que lucha obstinadamente contra sus propios sueños, mujer del fuego eterno según le han dicho, y lo había creído alguna vez.
No quiero yo ni tampoco las tantas mujeres dentro mío, ser un fuego bobo, una chispa en el mar de fueguitos. Quiero ser el leño seco, que arde mirando (y dejando que me miren) sin dejar de parpadear, quiero encender(me).
En qué etapa de la combustión me hallo?... esa es la pregunta constante, y en ella se deshace mi calor y me vuelve cenizas.
Será el invierno que hoy fue parido nuevamente que me vuelve nostálgica del fuego necesario para paliar su coyuntura y me hace reconocer que ando en el fuego agazapado, todavía esperanzada de volver a arder. Falta el madero que me realimente, o me encienda otra vez y quiera mirarme del color que sea... de la cabeza
a los pies.
Un hombre del pueblo Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.
A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
El mundo es eso- reveló-. Un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas.
Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.
Amén.
No hay comentarios:
Publicar un comentario