M. gusta mucho de ir a la plaza, ya lo he comentado, sobre todo porque yo disfruto mucho más que él de ese convite.
Un día como tantos, fuimos a una que está un poco más lejos de casa que la plaza "de siempre".
Volvíamos, yo caminando y él pedaleando mientras aprendíamos, él a cruzar la calle en la bici y yo a soltarlo. Habíamos hecho una de las diez cuadras que debíamos cuando ganas inesperadas de "lo segundo" lo invadieron de repente en plena vuelta.
M. pedaleaba reprimiendo el apremio flagrante de su esfínter con un gesto de angustia, torciendo las cejas y apretando los dientes, acompañado por el ruido monocorde de las vueltitas rápidas de la cadena de su bici.
Su cara ilustraba a todas luces una intención que no era, en lo más mínimo, la de andar derrapando actos escatológicos en plena calle; ello agravado con el hecho de ser la suya, LA edad del florecimiento del pudor.
Cuatro cuadras antes de llegar a casa, y testigo de su padecimiento, le sugiero que vaya detrás de un arbolito (justo en una esquina, yo también...) y liberara a su esfínter de semejante tortura.
Bajándose de la bici y apretándose la retaguardia para impedir que su inminente amigo del interior llegue en un momento por demás inoportuno, me contesta con un hilo de voz caminando pacitos cortos en círculo:
No se puede hacer caca en los árboles las personas (sic), porque son las reglas del país. Los perros sí pueden porque no entienden nuestro lenguaje. Qué suerte que tienen los perros!.

Qué suerte que tienen los perros.
Qué suerte que M. me instruye permanentemente.
Qué suerte que esto de andar cyberventilando sea mi mejor machete en la instrucción.
Un día como tantos, fuimos a una que está un poco más lejos de casa que la plaza "de siempre".
Volvíamos, yo caminando y él pedaleando mientras aprendíamos, él a cruzar la calle en la bici y yo a soltarlo. Habíamos hecho una de las diez cuadras que debíamos cuando ganas inesperadas de "lo segundo" lo invadieron de repente en plena vuelta.
M. pedaleaba reprimiendo el apremio flagrante de su esfínter con un gesto de angustia, torciendo las cejas y apretando los dientes, acompañado por el ruido monocorde de las vueltitas rápidas de la cadena de su bici.
Su cara ilustraba a todas luces una intención que no era, en lo más mínimo, la de andar derrapando actos escatológicos en plena calle; ello agravado con el hecho de ser la suya, LA edad del florecimiento del pudor.
Cuatro cuadras antes de llegar a casa, y testigo de su padecimiento, le sugiero que vaya detrás de un arbolito (justo en una esquina, yo también...) y liberara a su esfínter de semejante tortura.
Bajándose de la bici y apretándose la retaguardia para impedir que su inminente amigo del interior llegue en un momento por demás inoportuno, me contesta con un hilo de voz caminando pacitos cortos en círculo:
No se puede hacer caca en los árboles las personas (sic), porque son las reglas del país. Los perros sí pueden porque no entienden nuestro lenguaje. Qué suerte que tienen los perros!.

Qué suerte que tienen los perros.
Qué suerte que M. me instruye permanentemente.
Qué suerte que esto de andar cyberventilando sea mi mejor machete en la instrucción.
Y sí. Yo también quisiera ser un perro.
ResponderEliminarPerro no puedo!
Perro qué barbaridad Pol! No querías ser mayor, y sí un perro...
ResponderEliminarNo estuve presente en ese momento glorioso, pero tu relato me hizo imaginarlo claramente, y no pude evitar decir en voz alta, en medio de mi oficina,,,, "ay mi pipiiiii" !!!! (tu lo entiendes!)
ResponderEliminarlo entiendo y lo veo, creéme.
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