El engaño es a todas luces mucho más doloroso que la mentira, a secas... la mentira puede ser nimia, pasajera, además de improvisada en la mayoría de los casos; mientras que el engaño es premeditado, implica una elaboración previa que, como ingrediente excluyente, necesita inducir al engañado a través de mentira/s a participar sin quererlo en la falacia.
La mentira compulsa, a veces, el engaño; pero este último siempre redunda en la mala intención, ergo, nadie engaña sin querer.
(No hablo de llevar a un amigo "engañado" a su fiesta sorpresa, donde mentimos una causa para propiciar el engaño que complazca el efecto que es la sorpresa y la alegría del protagonista.)
Ya he sostenido que una mentira viola el acuerdo tácito existente en cualquier vínculo y lo desnaturaliza, mediata o inmediatamente tiende a diluirlo.

Pienso... que el engaño es la prueba fehaciente de que el vínculo nunca fue genuino, al menos desde la perspectiva del engañador.
No teníamos un acuerdo, o sí, pero tu compromiso fue fingido.
Podemos mentir por ingenuidad, por descuido, por temor, por amor; pero al engañar nos estamos sincerando acerca de la inexistencia de nuestra vinculación al menos. La mentira tiene matices, y aún así no deja de ser mentira, pero el engaño siempre implica la traición en el sentido más doloroso, siempre doloroso.
El efecto de la mentira puede ser digerido, puede superarse más tarde o más temprano, tal vez..., el engaño siempre te hiere, y la cicatriz es para siempre, no hay cirugía que la repare.
Brindo con (no por) quienes mienten en los matices más livianos.
No brindo por ni con quienes engañan.
Quienes son compadritos del engaño merecen mi más inmediato recelo; lisa y llanamente la más urgente de mis huidas.
(Ah, sí. Y vos que me engañaste, desde la llegada de mi huida, me gustaría ver que te vayas a la reputísima madre que te parió)
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